Ser mayor implica que cometer una locura es cometer una locura, es decir, sabes que estás cometiendo una locura, aunque la cometas, y no que te des cuenta a posteriori de la que has hecho y se te aflojen los huesos de la risa o del miedo sobrevenido. Implica muchas cosas. Entre ellas no dar todo por dado, o por hecho.
Hoy es uno de esos días que los marketeros dedican a la mujer: porque hoy es hoy, o porque no. No se, hoy es uno de esos días tampax donde me siento limpio, que no es que esté totalmente limpio, pero bueno, no vayamos por ahí, Carolina, que te vas a dar con la lámpara.
Lo he estado pensando durante un día y medio. Quizá será que me estoy haciendo mayor –que parece una palabra terrible, pero en realidad no lo es, una vez que la miras de cerca. Ser mayor implica, por ejemplo, que no puedes estar hasta las tres de la mañana de marcha porque si, o porque toca. Ha de haber una razón evidente que evite que a la una y media se te cruce por la cabeza lo a gusto que estarías en tu cama, leyendo un libro… Ser mayor implica que cometer una locura es cometer una locura, es decir, sabes que estás cometiendo una locura, aunque la cometas, y no que te des cuenta a posteriori de la que has hecho y se te aflojen los huesos de la risa o del miedo sobrevenido. Implica muchas cosas. Entre ellas no dar todo por dado, o por hecho.
Todo esto, tan profundo, me viene de dos cosas, aparentemente aisladas y aparentemente inconexas –o no tan aparentemente, quizá-. Esta mañana, mi prima Ana me ha llamado para ofrecerme un seguro de defunción. La cosa tiene su lógica, y así la ha expuesto Ana. Si te mueres aquí –donde aquí es una ciudad pequeña donde todo el mundo se conoce, coño, mi prima trabaja en una funeraria- es un marrón relativo. Si te mueres en un país extranjero –de esos de fuera- el marrón para los que quedan es absoluto: así que, a mis 34 años, estoy pensándome seriamente lo de hacerme un seguro de defunción, con cremación y todo lo demás. Sic transit gloria mundi, si, pero asegurado, oiga.
La otra cosa fue como una carga de profundidad. A mi me han educado en una familia tradicional, en principio, que luego ha devenido en nada convencional. A ver, mi hermano se casó pero cuando se quedó embarazada su mujer, mi hermana vive con su novio, mi madre estudió la Universidad después de los cuarenta y mi padre lleva coleta y conduce una Harley. Bueno, y yo soy gay. Esto, en una época en que se celebra la diferencia está genial, pero nos ha costado lo nuestro. Creo que somos una familia feliz porque hemos aprendido a tender puentes distintos, más nuestros, entre los diferentes miembros de la familia. No los convencionales.
Uno de esos puentes tendidos entre mi padre y yo es que nos gusta las fiestas de nuestro pueblo. Participamos en nuestra cofradía. Junto con mi madre somos una trinidad nada sacra pero muy divertida, reflexiva y unidad en eso. Todo esto te lo estoy explicando para que te hagas una idea más o menos aproximada
Hasta ahora, la mayor parte de las veces yo era el que estaba en procesión, mientras que mi padre estaba en los alrededores. Y antes, cuando él había estado en procesión yo había estado a sus órdenes. Desde hace algún tiempo no se pone la túnica de mayordomo y yo soy más autónomo. Me encargo de que todo salga, literalmente, de manera ordenada.
Bueno, que me pierdo.
El caso es que el Viernes Santo, con toda la emoción del momento culmen, que es cuando se acaba todo, cuando ya te puedes relajar, cuando se acerca la titular de la Cofradía, que es la que nos han enseñado a la que debemos orar y llorar –y me la suda lo pagano/pueblerino que te pueda resultar esto- viene el Cristo, al que mi abuelo, mi padre y yo hemos estado vinculados de distinta manera a lo largo de más de cincuenta, o sesenta, o setenta años … Y viene, precedido por una nube de incienso, tan inerme como he estado acostumbrado a verlo desde siempre, portado por ochenta y nueve mayordomos azules. Yo estoy al final de todo, controlando que salga bien y no puedo evitar buscar a mi padre entre las varas. Lo busco porque, hasta donde yo se, para él es la primera vez en todo esto, a sus sesenta y algo años, la primera vez que se pone un trono en un hombro y lo porta. No le miro la cara siquiera, le cojo la mano y lo acompaño hasta el final de la arena, hasta que el trono sale en la Carrera, y luego me voy a incorporarme, como mayordomo, detrás de la Virgen.
Me doy cuenta de que se va aproximando la edad en que mi abuelo murió. Y veo a mi padre, que se que no es mi abuelo, y me veo a mi cuando le vi a él llorando por la muerte de su padre. Sic transit gloria mundi y por eso precisamente le di la mano a mi padre, y luego lo abrazé y lloré como un idiota. Pero fue una llorera muy hermosa.
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