
La infancia es la verdadera patria del hombre, dijo Rilke. La pena es que la vida nos escatime la conservación de las orografías de nuestra infancia. O quizá no sea tal pena, porque mantienen intacto el esplendor de un reino fantástico, hiperbólico y lejano
La ola se eleva y se abre, se esponja en el mar vinoso y se rompe, y con su rotura se produce un ruido de desgarro, como un tejido de seda que hubiera sido abierto por manos fuertes y expertas. La ola sube, se abre, alcanza su punto culminante, se rompe y se convierte en un efímero encaje irregular. Es la llave que abre mi memoria, mi magdalena, mi baliza para caminar por el complicado camino de Swann.
Monsieur Simon, el elegante francés, pied noir, con Pipo, su ratero, en un paisaje de tierra arenosa, color chocolate, como si quisiera ser arena de la playa, y playas llenas de guijarros como si quisieran ser piedras de camino. Nos enseñó a mi hermana y a mi a comer erizos, y nunca los he vuelto a probar, aunque con gafas y tubo de buceo cogíamos esos erizos, y estrellas de mar, cuando las encontrabamos, y pececillos pequeños. A mi hermano le habían comprado un fusil submarino y a veces llegaba con pulpos o con doradas. Una vez creo que llegó hasta con una morena. Una playa de mi infancia es rocosa e incómoda, pero llena de recuerdos. La otra es arenosa y llena de olas grandes y divertidas. El día que aprendí a ir sobre las olas sólo con mi cuerpo y conseguí que cinco, diez, quince, me llevaran a la orilla de la playa. Mi abuelo comandando a la tropa de nietos, la casa de mi abuela atestada de hijas, nueras, nietos en la Casica Verde, limpiando una piscina donde mi padre nos enseñaría a nadar lanzándonos a ella y pisándonos las manos si las posábamos en el borde. Papá con su aceite bronceador y un bañador que ahora consideraría imposible. Papá y mamá con la Ducati, con la que se fueron de viaje, obligandonos a mi hermana y a mi a separarnos por unos interminables días. La tienda de la esquina, donde comprábamos chucherías y yo me gastaba la paga de mi abuelo.
Mañar, un representante de mi padre y mi tío, lanzándonos monedas desde el balcón para que fueramos a buscarlas en la piscina. Mi hermana buceando como un renacuajo y haciendo alardes de apnea. Aquel matrimonio madrileño que me enseñó a nadar crawl en esa piscina, rectangular, de agua fría de mar, perfecta cuando se llenaba porque nos permitía hacer pie en aquellas zonas que, una vez plena, estarían vedadas a las plantas de nuestros pies. Un ocasional paseo por la playa en familia y mi descubrimiento de una caracola que mi tío Alfonso me compró por veinticinco pesetas, a pesar de las ligeras protestas de mi madre a mi padre. Mi padre creía que quizá así vería que yo era un buen negociante. En fin, otra pequeña decepción, porque no se le puede pedir mucho a la ceguera.
Y luego los recuerdos impostados, o no tanto. Las visitas a los vecinos, exhibiendo mis dotes de niño cursi y redicho que hacía las delicias de las amigas de mis abuelos. Enrique se ha perdido. Me perdía siempre, o eso dicen, pero cada vez más creo que no sabían encontrarme, aunque no era dificil pillarme el truco. ¿Javier?. Una familia con cuatro crios. La vez que mi madre nos castigó a los tres por no tomarnos la crema de calabacín fria que sabía a la combinación imposible de calabacín y quesito. Puaj. Mi hermana y yo cantando, haciendo números. El abuelo y un gato francés, la constatación de que era un gato francés.
¡Mamá y su seiscientos!. Recien sacado el carnet de conducir, camino de Calarreona -esa otra playa, la de arenas y olas grandes- con el Maxcali. A mi madre se le cala el seiscientos a la salida de la Casica Verde, y mientras un coche se acerca mi abuela la apresura de manera gentil y un poco irónica. Conchita, que viene un coche. Ya lo se madre, ay, que se me ha calado. Instante de emoción y conversación para todo el día.
Nos fuimos de la Casica Verde y todo eso se perdió un poco. Ahora se ha perdido del todo. Hay un hotel en lugar de la explanada (Au revoire, Pipo) , van a construir un puerto deportivo. en donde estaba la playa rocosa (adiós, erizos; adiós buceo) Y la playa donde la casa de Coronado reina ya no es una playa tan lejana. En esa playa salvé a Soledad de ahogarse una vez. En esa playa luego sucedieron otras cosas que marcaron el fin de la infancia. Era lógico que en el otro confín de mi reino de verano me destronara yo mismo, porque la vida sucede y los pequeños reyes pierden su corona cuando pierden su inocencia.
Ahora estoy a diez minutos de paseo de la Casica Verde y a más de veinticinco años de todos esos recuerdos. No los echo en falta pero los echo de menos. La infancia es la verdadera patria del hombre, dijo Rilke. La pena es que la vida nos escatime la conservación de las orografías de nuestra infancia. O quizá no sea tal pena, porque mantienen intactas el esplendor de un reino fantástico, hiperbólico y lejano. Como una piscina inmensa, cuadrada y fresca que tardaba una eternidad de mis diminutas brazadas en cruzar en mi recién aprendido crawl una mañana muy temprano de Agosto.

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada